
El día se presenta muy interesante.
Salimos desde Stavanger a recorrer el fiordo de Lysse (por fin un barco moderno en el que no se transportan coches). El fiordo no estaba mal, nos mostraron un enorme Corazón esculpido en la piedra, dieron de comer pan a las cabras (otra vez la cabrá!), bebimos agua recién cogida de una cascada y pudimos ver desde abajo la que tenía que ser la gran meta del día, el Preikestolen.
Parecía que iba a romper a llover y con todo el miedo con respecto a la subida que nos había metido Amalia para el cuerpo andábamos todos algo más que nerviosos.
Pues eso, con una mañana triste y con un montón de prevenciones acerca de la dureza de la subida comenzamos la marcha. La subida comenzó tranquila, con un tiempo amenazante pero que a la vez parecía respetar nuestras intenciones.
Paramos a descansar y a tomar media manzana cuando de repente me encontré con una navaja suiza olvidada por algún explorador, bonito recuerdo.
Justo en el tramo más duro empezó a llover y parecía que no tendríamos suerte con las vistas que tendríamos desde arriba.

Preikestolen y fiordo de Lysse
La ascensión del último tercio fue la más sencilla y por fin completamos el camino. Tardamos una hora y media antes de subir a la cima y de que el sol nos diera los buenos días, princesa.
Cuando vi el púlpito quedé impactado por el perfil del desfiladero que estaba por debajo de mí.
Las vistas eran sencillamente maravillosas.

Yo me quedé en silencio ya que no había visto antes unas vistas tan espectaculares.
Seiscientos metros de caída directa al fiordo de Lysse.
Desde un poco más arriba, se puede contemplar la grieta que acabará partiendo en dos el púlpito.
El primero en llegar fue Miguel, el último nuestro abuelete de 80 años, que fue recibido con una gran ovación y que nos demuestra que la juventud se lleva siempre dentro y que realmente el Preikestolen es muy accesible.
En mi retina quedará una imagen grabada para siempre.
Haciendo la cobra en las nubes.La bajada fue lenta.
De vuelta al RICA Forum situado a las afueras de Stavanger (Señores de Condor, sois unos cutres con los hoteles). El caso es que cenamos otra vez sopa y pescao, pero esta vez en la planta 21, con lo cual la cosa ha mejorado un poco).